HISTORIA DEL TORERO

PEDRO GUTIÉRREZ MOYA (Niño de la Capea)

Publicado el 29 de noviembre de 2022
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Matador de toros español, nacido en Salamanca el 17 de septiembre de 1952. En el planeta de los toros es conocido por el sobrenombre de «Niño de la Capea«, por haber asistido desde muy joven a la escuela de tauromaquia La Capea, vecina al popular barrio salmantino de Chamberí, en donde estaba sito el modesto hogar de su familia.

La humilde condición de sus padres le animó a dedicarse profesionalmente al perfeccionamiento de una vocación taurina que sintió desde que era un chaval. Se formó en la susodicha escuela y, con tan solo dieciséis años, se enfundó su primer terno de luces para debutar ante sus paisanos charros el día 3 de mayo de 1969. Ante la expectación levantada por aquel torero en ciernes que apenas había dejado de ser niño -de ahí lo de su remoquete taurino-, sus primeros representantes lo inscribieron en un ciclo de las llamadas «Corridas de la Oportunidad» que, periódicamente, se venían celebrando en el coso madrileño de Vista Alegre, en donde el joven Pedro Gutiérrez Moya triunfó de tal manera que se ganó su repetición en los carteles durante varios de los festejos celebrados allí a lo largo de toda la temporada.

Así las cosas, el día 17 de julio de 1970 volvió a comparecer en el circo salmantino para enfrentarse con su primera novillada picada, en un encierro de don Luis Higinio Severino que contaba, además, con el concurso de los jóvenes novilleros Paco Núñez y José Ortegón. Aquella tarde, el «Niño de la Capea» desorejó al primer astado de su lote, éxito que, refrendado por sucesivos triunfos, le proporcionó un contrato para hacer su presentación en la primera plaza del mundo el día 11 de junio de 1972. Compareció, en efecto, en Madrid acompañado en los carteles por el novillero toledano Ángel López Rodríguez («Angelete«) y el malogrado espada abulense Avelino Julio Robles Hernández («Julio Robles«), quien también se presentaba por vez primera en la plaza Monumental de Las Ventas, para enfrentarse con un encierro de don Juan Pedro Domecq que no se prestó al lucimiento de los tres voluntariosos noveles.

Ocho días después, hizo el paseíllo en las arenas del coso bilbaíno dispuesto a tomar la alternativa, apadrinado por el genial coletudo sevillano Francisco Camino Sánchez («Paco Camino«); el cual, bajo la atenta mirada del desventurado lidiador gaditano Francisco Rivera Pérez («Paquirri«), le cedió los trastos con los que había de dar lidia y muerte a estoque a un morlaco negro zaino criado en las dehesas de don Lisardo Sánchez, y que atendía al nombre de Mireto. Aquella tarde de su alternativa, Pedro Gutiérrez Moya se anunció como uno de los toreros que habían de dominar el escalafón durante varios años, al cortar los dos apéndices auriculares de Mireto tras una faena memorable.

En efecto, al concluir la temporada de 1973 el «Niño de la Capea» acabó colocado en primer lugar entre los matadores de reses bravas que más festejos habían toreado, con un total de ochenta y cuatro paseíllos en su haber (primacía que volvería a alcanzar a finales de las campañas de 1975, 1976, 1978, 1979 y 1981). Sin embargo, no tuvo prisa por confirmar su alternativa donde están obligados a hacerlo quienes pretender pasar a la historia del toreo como grandes figuras de su época.

Finalmente, tras año y medio de andar toreando por plazas de provincias, hizo el paseíllo en la plaza de toros de Madrid, donde el espada jiennense Sebastián Palomo Martínez («Palomo Linares«) hizo las veces de padrino para que Pedro Gutiérrez Moya pudiera confirmar su grado de doctor en tauromaquia ante la primera afición del mundo. Fue el día 21 de mayo de 1974, fecha que aún tienen grabada en la memoria algunos viejos aficionados al Arte de Cúchares, ya que el joven confirmando dio una lección magistral de toreo, y no le fue a la zaga su testigo, el mencionado Francisco Rivera Pérez («Paquirri«). En efecto, el «Niño de la Capea» arrancó un trofeo de su primer enemigo (Girón, marcado con el hierro de don Atanasio Fernández) y desorejó al que cerraba plaza (Cantinero, hermano del anterior, como todos los que se lidiaron aquella tarde); por su parte, «Paquirri» cortó también tres orejas, mientras que «Palomo Linares«, que también toreó espléndidamente, hubo de contentarse con el galardón de un único apéndice auricular.

Desde entonces, Pedro Gutiérrez Moya anduvo siempre encaramado en los primeros puestos del escalafón de los matadores de reses bravas. Supo ganarse también al selecto público de Sevilla -ante el que compareció por vez primera en el transcurso de la Feria de Abril de 1975, el día 16, para enfrentarse con toros de don Manuel González en compañía del susodicho «Paquirri» y del coletudo sevillano Manuel Cortés de los SantosManolo Cortés«)-, y triunfó ruidosamente en las principales arenas hispanoamericanas. Se reveló como un maestro poderoso y variado a la vez, dotado de un gran conocimiento instintivo para saber en cada caso qué clase de lidia convenía mejor a cada toro. Fue valiente y dominador, sin que ello fuera en menoscabo de sus dotes artísticas (sólo afeadas por algún que otro zapatillazo que, por mala costumbre, solía dar en la arena para suscitar la embestida de los bureles menos agresivos).

El día 22 de mayo de 1979 volvió a salir a hombros por la Puerta de Madrid, tras haber desorejado a un astado marcado con el hierro de don Baltasar Ibán, en presencia de dos compañeros de terna tan importantes como su paisano Santiago Martín Sánchez («El Viti«) y el diestro madrileño Ángel Teruel Peñalver. Su prestigio fue en aumento temporada tras temporada, hasta el punto de ser elegido, en la de 1982, Presidente de la Asociación de Matadores de Toros, Novilleros y Rejoneadores, y de ser uno de los espadas que más contratos firmó durante seis campañas consecutivas (1982-1987), período en el que no sólo deslumbró a los aficionados españoles, sino también a los taurófilos ultramarinos.

En efecto, el día 17 de febrero de 1985 cosechó un clamoroso éxito en la plaza Monumental de México, donde enjaretó una soberbia faena y cortó las dos orejas a un morlaco de don Javier Garfias. Aquel mismo año (en el que había triunfado también en México pocos días antes de que realizara la faena recién mencionada), volvió a admirar a la afición madrileña en el trascurso de la Feria de San Isidro, cuando desorejó a un astado de don Manuel González. Acabada dicha campaña de 1985, volvió a pisar suelo hispanoamericano para ir triunfando sucesivamente en México, Ecuador, Colombia, Venezuela y Perú. Así, pronto se convirtió en uno de los toreros españoles más queridos por el público americano, especialmente por el azteca, que había podido contemplar su soberbia faena de aquel año a un toro del hierro de Begoña que atendía a la voz de Samurai.

Finalmente, ya consagrado como una de las mayores figuras del toreo del último cuarto del siglo XX, decidió cortarse la coleta en el coliseo de su Salamanca natal, el día 14 de septiembre de 1988. Sin embargo, tras un par de campañas sin dedicarse al ejercicio activo del toreo (aunque permaneció vinculado al planeta de los toros en su nueva condición de criador de reses bravas), volvió a vestirse de luces en la plaza de Málaga el día 31 de marzo de 1991. Pero en esta reaparición no gozó de la misma fortuna que le había acompañado hasta el momento de su primera retirada, ya que a los pocos días de su vuelta, en la Feria de Abril sevillana, un toro marcado con el hierro de Cebada Gago le asestó una grave cornada cuyas secuelas lo mantuvieron inactivo durante casi toda aquella campaña. Una vez repuesto, tampoco logró alcanzar su antiguo esplendor durante las temporadas siguientes, por lo que optó por retirarse definitivamente el día 5 de febrero de 1995, ante sus fieles partidarios de México, en una tarde gloriosa en la que obtuvo las dos orejas y el rabo de un toro de su lote.

Fuente: TEXTO: Estraído de www.mcnbiografias.com

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