HISTORIA DEL TORERO

JOSÉ MARIO DOLS ABELLAN (Manzanarez)

Publicado el 14 de abril de 2022
Abel Murillo Adame logo

He aquí otro joven diestro en quien los públicos creen vislumbrar, igual que en el anterior, una figura de relieve. Nació en Alicante el 14 de abril de 1953. Su Padre fue un banderillero que resolvió adoptar el sobrenombre de Manzanares por ser éste el apellido del famoso rehiletero apellidado así y apodado Mella, con quien le unía gran amistad, y con Manzanares se ha quedado también este aspirante a primera figura de la torería. ¿Logrará sus aspiraciones? El tiempo lo ha de decir. El 6 de junio de 1971 se dio a conocer como novillero en la plaza madrileña de Las Ventas, con Luguillano-chico y Galloso, lidiádose seis novillos de don Carlos Núñez. Sus resonantes exitos como tal matador de novillos le llevaron a la alternativa, que obtuvo en su ciudad natal el 24 del mismo mes de junio, concedida por Luis Miguel Dominguín (que en este año reapareció en los ruedos) y en presencia de El Viti, lidiándose en tal corrida ganado de don Atanasio fernández. Tal ascenso lo confirmó en Madrid el 18 de mayo de 1972, mediante cesión de avios por parte de Palomo Linares, con el mejicano Cavazos de testigo y toros de Garzón. Tanto en este último año como en el anterior, logró éxitos muy estimables y esperazadores, actuando en las principales ferias. El 3 de septiembre de 1972, sufrió un grave percance en la plaza de Benidorm (Alicante), que le hizo perder bastantes corridas. No obtante, ascendieron a 47 las toreadas en dicho año.  (Manzanares para la gloria taurina) fue encontrado sin vida el pasado martes en una habitación de su finca extremeña, donde vivía desde hace años apartado del mundo. Allí, solo el hombre, entre toros, campos de maíz y sus recuerdos, acabó de manera inesperada una existencia jalonada de muchas luces y algunas sombras, de reconocimientos y duras críticas, de conocidos circunstanciales y seguidores veleidosos, de largas fiestas y mujeres guapas, de lances arrogantes y alguna bravuconada, de amigos y enemigos íntimos, de destellos de felicidad y largas noches de tristeza… Allí, en la finca extremeña, acabó, sobre todo, un torero privilegiado, nacido para la gloria, un creador de belleza, referencia fundamental de la compostura, el gusto, la calidad y el sabor torero; un hombre atractivo, dotado de una gran elegancia y un natural poder de seducción; un consumado artista, indolente, también, inconstante, conformista y de escasa ambición. Quizá por eso, la huella de su toreo ha sido menos profunda de lo que pudo haber sido a pesar de tantos ditirambos impúdicos como han derramado estos días sus propios compañeros, que han competido a la hora de encontrar adjetivos tan sonrojantes como irreales. “Era raro como todos los toreros —añade su amigo—, tenía un temperamento fuerte, mantenía una difícil relación con su familia y pasaba los días en su finca apartado de todo y de todos, sin ilusiones”. “Josemari era un bohemio —señala un admirador de muchos años—, buena persona, muy puro, amigo de sus amigos, respetuoso con sus compañeros y con una afición desmedida”. Vivió la vida a tope. Y convertido ya en personaje famoso fue el objeto de deseo de las bellezas patrias y foráneas. Comenzaba ese día una carrera larga, que se extendería hasta el 1 de mayo de 2006, cuando la tarde de la presentación como novillero de un juvenil Cayetano en la Maestranza sevillana decidió romper el guion previsto y robarle el protagonismo al muchacho al decidir en un acto de rabia cortarse la coleta. Enfadado por el mal juego de sus toros, llamó a su hijo quien, tijera en mano, le desprendió el añadido y puso fin, definitivamente, a su trayectoria. Fueron 35 años de presencia casi continuada en los ruedos; muchas temporadas —retiradas efímeras y vueltas ilusionantes incluidas— que vinieron a corroborar la clase innata del torero, su corto compromiso con la fiesta y consigo mismo y un carácter díscolo que le provocó no pocos contratiempos. Figura indiscutible durante muchos años, imprescindible en todas las ferias importantes de España y América, José María Manzanares se convirtió por derecho propio en la referencia del clasicismo taurino. Triunfó en Las Ventas, pero un sector de la plaza lo convirtió en blanco constante de ataques feroces; quizá por eso, lo adoptó Sevilla, a la que deleitó con detalles de su calidad, aunque nunca llegó a traspasar la puerta de la gloria. Y mientras muchos aficionados se sentían arrobados por sus sublimes instantes de creación artística, algunos críticos exigentes denunciaban su actitud conformista y ventajista ante los toros. Se casó en 1977 con Yeyes Samper, con la que tuvo cuatro hijos, dos chicas, Ana María y Yeyes, y dos chicos, José María, matador de toros, y Manuel, rejoneador. Vivió la vida a tope, celebró los éxitos —sobre todo, en América— con generosidad y sin prisas, y convertido ya en personaje famoso y con dinero, fue el objeto de deseo de bellezas patrias y foráneas. Un supuesto romance con una guapa oficial fue el detonante de su divorcio, y, también, de su particular destierro a tierras extremeñas. Comenzó, además, una etapa difícil con sus vástagos, que no superaron la separación de sus padres, y un grave desencuentro con José María, por serias discrepancias sobre la gestión de su carrera como matador de toros. Y algo más hubo porque el padre no estuvo presente en la boda de su hijo torero. Admiró a Antonio Ordóñez, visitó muy poco las enfermerías, le gustaba hablar de campo y de toros, le encantaba el flamenco y se atrevía a bailar cuando la ocasión lo requería. Había fumado mucho, pero presumía de ser un atleta, y retaba a sus amigos a igualar los mil abdominales que, aseguraba, hacía cada día. Genio y figura hasta que se encerró en el campo y la soledad fue su compañía. En Extremadura, con sus angustias a cuestas, abandonado por él mismo, murió un artista seductor, aquejado, como todos, de grietas en su alma, pero tocado por la genialidad, aunque él nunca estuviera dispuesto a desarrollar todo su conocimiento.

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