HISTORIA DEL TORERO

Francisco Arjona Herrera (Cúchares)

Publicado el 17 de diciembre de 2021
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Aquí tenemos a una de las figuras más eminentes del toreo en el siglo XIX. Hijo del banderillero Manuel Arjona (Costura) y de María Herrera, Hermana de Curro Guillén, nació en Madrid el 19 de mayo de 1818, pero como sevillano se le consideró siempre, por haber residido siempre en la capital de Andalucía.

Fue alumno de la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, sin duda para poder darnos prueba de la ineficacia de las enseñanzas que se dan en tales academias, pues hizo chafaldita y burleta de las lecciones de Pedro Romero y Jerónimo José Cándido y creó un arte taurino propio, personal, de orden privativo, con plétora de adornos y ventajas que, aunque no se recomendaban por su pureza, le permitieron competir con José redondo (el Chiclanero) y sumar muchos partidarios.

Poco más de catorce años contaba cuando lo incorporó Juan León a su cuadrilla, y alternó por primera vez como matador de toros en la plaza de Madrid el 27 de abril de 1840, estoqueando reses de Veragua y de doña Manuela de la Dehesa acompañado de Juan Pastor, pero sin que éste le hiciera cesión de trastos, lo cual viene a demostrar que lo de confirmar las alternativas en Madrid no puede aceptarse como costumbre tradicional.

No se sabe de ningún toro que le lastimara; a su manera, dominaba al más difícil, y eso le valió ganar fama de maestro insuperable… e invulnerable.

Del ejercicio de su profesión dejó como principal recuerdo el toreo de muleta con la mano derecha, que apenas se practicaba antes de generalizarlo él; su rivalidad con el Chiclanero fue ruidosa y apasionada, y a la muerte de éste, sin nadie que pudiera disputarle una hegemonía, abrió ancho cauce a la exuberancia ornamental y ejecutó <<cosas>> que estaban al margen del arte de torear.

Fue hombre malicioso y de mucho ingenio, honradísimo, caritativo y muy amante de su familia; su generosidad sin límites mermó su caudal, y para reponerlo aceptó un contrato para la Habana al terminar la temporada de 1868; pero a poco de llegar a la capital de la Gran Antilla, y sin haber toreado corrida alguna, dejó de existir, víctima del vómito negro.

Sus restos, traídos a España, recibieron definitiva sepultura en Sevilla.

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