HISTORIA DEL TORERO

Pedro Romero y Martínez

Publicado el 13 de diciembre de 2021
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Si eres aficionado, lector, descúbrete ante la sola anunciación de este nombre, que corresponde al torero más grande del siglo XVIII.

Pedro Romero Martínez nació en Ronda (Málaga) el 19 de noviembre de 1754; murió en la misma ciudad el 10 de febrero de 1839; su vida taurómaca es la historia del torero un período luminoso que encierra una fama inmarcesible, como consecuencia de haber realizado una brillante, fecunda y provechosa labor; su obra y su persona no se disuelven en lo pretérito.

Tanto su semblanza artística como su etopeya –carácter, acciones, costumbres– nadie las ha descrito mejor que él mismo, en la correspondencia privada que sostuvo, muchos años después de retirado, con un amigo suyo de Madrid, don Antonio Moreno Bote y Acevedo, e igual de estas cartas que de cuanto nos han dicho de él sus biógrafos se saca en consecuencia que fueron la inteligencia y el dominio la cualidades que prevalecieron en sus actividades profesionales.

Tuvo inalterable sangre fría, golpe de vista rápido, lozana estatura, notables facultades…. Todo se reunió en él para que pudiera ser la gran figura señera del siglo XVIII.

A poco que hiciera un toro, luego de aparecer en el ruedo adivinaba el juego que podía dar y se adaptaba a sus condicione; no había competencia posible con él, según demostró al vencer a Costillares y Pepe-Illo; cuantos le veían torear una sola vez reconocían que nadie podía superarle, y ha pasad a la historia como figura representativa de la llamada <<escuela rondeña>>, de la que imponía un canon al que, con criterio simplista, han llamado <<clásico>> casi todos los autores, precepto que se pretende fundar en el toreo reposado, exento de adornos.

Es innegable que por clásico se entiende cuanto es digno de servir de modelo en cualquier arte, y entro ese amplio sentido debemos entender por clásico todo lo que a la belleza de la forma una la potencia de expresión, de donde resultará que tan clásica puede ser una <<suerte>> de la llamada <<escuela rondeña>> como una de la <<sevillana>>. Por eso rechazamos la canalización de las normas clásicas del toreo en la dirección exclusiva de Ronda; y por eso también negamos las mencionadas <<escuelas>> cuyas diferencias no riñen entre sí. Dichas denominaciones no pasan de ser una doble logomaquia; el excesivo y rutinario apego a las fronteras y a las definiciones ha venido manteniendo el equívoco, cuyo origen se halla en haber nacido Pedro Romero en Ronda y Pepe-Illo en Sevilla; pero tales <<escuelas>> no existen ni existieron jamás, entre otras razones porque no hay precepto ni norma alguna que las determine cumplidamente; porque la práctica del toreo no puede ser dependiente más que de la propia naturaleza, libérrima e imprevisible, de quien practica un ejercicio regido por el riesgo, y porque no ha habido quien transmita aquéllas ni creemos que sea posible transmitirlas, probado como está que el estilo de cada lidiador es una consecuencia de su temperamento, de sus facultades físicas y hasta de s figura, sin que con esto queramos negar que algunos toreros señalados logran imponer modas que luego reforman o prescriben otros, modas que siguen los que, sin personalidad alguna, se amparan en una especie de mimetismo para medrar.

Hijo, Pedro Romero, de un matador de toros (Juan) y nieto de otro (Francisco), sus primeras actuaciones fueron como banderillero en su ciudad natal, en la misma que dio muerte a un toro por primera vez en el año 1771; Juan Romero, su padre, lo presentó en Madrid en 1775, y desde este año al de 1799, en que voluntariamente se retiró de la profesión, fue el diestro más solicitado en todas partes, el que más toros mató –5.500 en veintiocho años– y el árbitro, en fin, de la fiesta sin que los toros le hicieran derramar una gota de sangre.

Su retirada la hizo en pleno triunfo, pletórico de vida y facultades, cuando no había en él síntoma alguno de decadencia.

Anciano ya, fue designado para dirigir la Escuela de Tauromaquia de Sevilla, fundada por Fernando VII y de vida efímera.

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