HISTORIA DEL TORERO

Salvador Sánchez Povedano (Frascuelo)

Publicado el 22 de diciembre de 2021
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No alcanzamos a ver torear a Frascuelo; pero tantas cosas oímos referir de él, que fue uno de loas toreros que más hirieron nuestra imaginación cuando éramos chicos.

Nació en Churriana (Granada) el 23 de diciembre de 1842; su familia se trasladó a Madrid a los pocos años, y por eso fue considerado Salvador como madrileño; viuda su madre, el que había de ser célebre matador de toros aprendió el oficio de papelista-decorador; al aficionarse a la lidia de reses bravas por influencia de su hermano Paco, comenzó a torear en las capeas de los pueblos; el 20 de julio de 1863 sufrió en Chinchón la primera cornada –muy grave– de las muchas que luego habría de recibir; toreó en Madrid en las funciones de mojiganga y luego en las novilladas como banderillero; actuó de matador en éstas en 1866; durante el año siguiente trabajó como banderillero en la cuadrilla de Cayetano Sanz y como sobresaliente de espada en el mismo ruedo, y el 27 de octubre de este mismo año 1867 tomó la alternativa en la misma plaza madrileña de manos de Cúchares, que le cedió la muerte del toro Señorito, retinto, de don Manuel Bañuelos. El segundo espada de esta corrida fue Currito.

Frascuelo llegó a la cumbre rápidamente a fuerza de brío, afición, amor propio, valor y vergüenza profesional; llegó por imperativo de su voluntad férrea, nunca enervada ni desfallecida; la sangre y los nervios, obrando sobre él, convertían a veces su valor en temeridad, y exacerbado su pundonor, le arrastraba éste a extremos desagradables; terribles sufrimientos morales y físicos –¡cuántas inquietudes interiores y cuántas cornadas!– fueron aplacando aquel agitado temperamento, pero sin que nunca dejara de revelar éste un hervor de vida propio de los obstinados; cuando llegó a la meta, se mantuvo allí sin retroceder ni un milímetro; trabajó en los últimos años con tanto o más empeño que cuando empezó, con igual deseo y sin reservase nada; en fin: todo lo que en la práctica del toreo supone el esforzado ánimo, tanto en concepto de virtud física como de excelencia del alma, está simbolizado en Frascuelo. Hoy, que de tanto estilizar aquél le estamos arrebatando sus fuertes esencias para convertirlo en algo ingrávido y etéreo, no es fácil hacerse idea de lo que fue el torero de Churriana.

En su competencia con Lagartijo, todas las ventajas estaban a favor de éste, empezando por el pergeño físico, por la disposición exterior, que era en él armonía. Frascuelo, en cambio, era <<corto de busto y largo de extremidades inferiores, un poco zambo de la pierna derecha, enjuto de carnes y excesivamente moreno de color>>, y, contrastando con la ductilidad de Lagartijo, el cuerpo de Salvador tenía <<una rigidez de acero que dejaba adivinar la consistencia y el poder de su terrible musculatura>>. Lo entrecomillado pertenece al libro de Peña y Goñi <<Lagartijo, Frascuelo y su tiempo>>.)

Fue un matador asombroso. Como necesitaba que los toros hicieran por él, sus estocadas eran arrancando (¡ qué lejos de aquel volapié de Costillares!), casi a un tiempo, y en el formidable choque del hombre y el toro había una emoción suprema que hacía sacudir la sensibilidad del más refractario a toda agitación del ánimo.

Sabido es que fue muy castigado por los toros, pues no bajan de quince los percances graves que de ellos recibió, y uno de los de más cuidado, la cornada que en Madrid le infirió el toro Peluquero, de don Antonio Hernández, el 13 de noviembre de 1887, cuya herida le hizo perder muchas facultades.

Mermadas éstas considerablemente, decidió retirarse; el 6 de octubre de 1889 alternó por última vez con Lagartijo en Madrid, y en 1890 solamente toreó una corrida, la de su despedida en la expresada capital, matando toros de Veragua con Lagartijillo, a quien aquella tarde concedió la alternativa. Guerrita, en el apogeo de su fama como matador, de toros, actuó de banderillero en dicha fiesta, como homenaje a Salvador. Esta corrida se celebró el 12 de mayo.

Al volver a su domicilio después de la misma, se cortó la coleta; re tirado ya, fijó su residencia en el pueblo de Torrelodones (Madrid), y el día 8 de marzo de 1898 murió en Madrid de una pulmonía.

Lagartijo fue expresamente desde Córdoba para presidir su entierro.

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