HISTORIA DEL TORERO

RAFAEL SORIA MOLINA (Lagartijo)

Publicado el 19 de febrero de 2022
Abel Murillo Adame logo

Cuando empezaba, le ayudó su tío Manolete, pero murió éste cuando le quedaba por andar mucho camino, y no llegó.

Para consolarse, tomó una alternativa en Montoro (Córdoba) el 7 de octubre de 1951; se la dio Martorell, fue testigo Calerito y los toros pertenecían al duque de Pinohermoso.

Nació en Écija (Sevilla) el 15 de mayo de 1930; y como torero, no pasó de ser un aspirante.

Pero no vaciló en usurpar un apodo glorioso.

Rafalito Lagartijo -como así se le llama- no pudo continuar la gloriosa tradición torera de su familiares, ya que se vio menguado de facultades, – no artísticas- renunciando a participar en la fiesta como un mediocre espada. Gesto que es de agradecer, pues un “torero a la fuerza” no hace sino levantar polémicas y discordias en su contra.

Ya retirado ocupó un cargo directivo en la banca. Hoy jubilado es un referente en todos los acontecimientos de la historia taurina cordobesa.

Rafaelito y su hermano Juan llevaron a Manuel Rodríguez Sánchez por última vez en hombros, tendido en una modesta camilla, desde la enfermería de Linares hasta el hospital de la ciudad andaluza y minera en el que entregó su alma a la posteridad. “Ya me decía mi madre que no viniera a Linares”; “Que venga Jiménez Guinea”; “Enciéndeme un cigarrillo Rafaelito” y “No veo, no siento las piernas” fueron las últimas palabras que pronunciaron los labios de aquel Dios del Toreo, que quedaron grabadas a fuego en el cerebro del que ahora ha marchado a reunirse con él para toda la eternidad.

Muere a los 83 años el matador Rafael Soria MolinaLagartijo

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