HISTORIA DEL TORERO

Antonio Sánchez (El Tato)

Publicado el 20 de diciembre de 2021
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Este diestro es uno de los más famosos en el siglo XIX, durante el reinado de Isabel II; nació en Sevilla el 6 de febrero de 1831; muy joven todavía, toreó agregado a una cuadrilla de pegadores portugueses; en 1851 ingresó como puntillero en la cuadrilla de Juan Lucas Blanco, y antes de terminar la temporada del año siguiente le tomó bajo su égida su futuro, Cúchares, quien durante todo el año 1853 le cedió no pocos toros por provincias, para que fuera adiestrándose, preparando así la alternativa, que habría de otorgarle el día 30 de octubre de tal año.

En tal fecha estaban anunciados para torear en Madrid una corrida de ocho toros el citado Cúchares, el Salamanquino, Cayetano Sanz y Manuel Arjona, y no pudiendo tomar parte el segundo, fue sustituido por el Tato, a quien el mentado Cúchares cedió su doble turno, o sea los toros primero y quinto. El de la primera cesión se llamaba Cocinero y era de la ganadería de don Gaspar Muñoz.

Antonio Sánchez tuvo una característica que labró su personalidad: su forma de matar a los toros en la suerte del Volapié, a la que imprimía un sello especial, consistente en que, antes del envite, daba una patadita, precursora de un ataque denodado, elegante y gentil que producía gran entusiasmo en los espectadores. El volapié le dio superioridad sobre sus compañeros; pero se trataba de un volapié que ya no era el de las reglas escritas por Pepe-Illo y Montes, sino que exigía la colaboración del toro, que éste hiciera algo por el matador, iniciándose así la ejecución de la estocada arrancando que es lo que hoy vemos practicar en realidad.

El volapié, la simpatía y la rivalidad con el Gordito fueron las tres cosas que labraron su fama. De Despeñaperros arriba, los públicos se pronunciaron siempre por el Tato; pero en Andalucía dominaban los partidarios de su rival, sobre todo en Cádiz y los Puertos, donde designaban al Gordito con el apelativo de Gloria del Arte. Competencia tan enconada como aquélla y que a excesos tan lamentables llegara, no ha existido otra.

Fue el Tato corto con la muleta, con la que toreaba generalmente atropellado; pero mataba mucho más y mejor que el Gordito y ponía más verdad que éste en la ejecución de todas las suertes.

Para el lunes 7 de junio de 1869 se organizaron en Madrid dos corridas de toros (mañana y tarde), queriendo solemnizar con ellas la jura de la Constitución elaborada después del destronamiento de Isabel II; en la corrida de la tarde eran el Tato, Lagartijo y Villaverde los encargados de estoquear seis toros de don Vicente Martínez, y el llamado Peregrino, castaño, enganchó al Tato al entrarle a matar por tercera vez y le infirió una herida de cuatro centímetros de longitud por tres de profundidad en el tercio superior de la pierna derecha. Hoy, probablemente podría curarse una cornada como aquélla pronto y sin dificultad; pero entonces, muy atrasada la cirugía, pasaron los médicos seis días en consultas y, al fin amputaron dicho miembro con fecha 14.

Le hicieron dos años después una pierna artificial, con la que intentó torear en Badajoz el 14 de agosto de 1871; pero persuadido de su inutilidad, se retiró sollozando entre barreras.

Fue empleado en el matadero de Sevilla y murió en dicha ciudad el 7 de febrero de 1895.

La suerte suprema le debe mucho al Tato, pues él fue quien principalmente desterró el inmoderado uso que se hacía del metisaca, como si de un procedimiento indigno de aplauso se tratara.

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